Poema X
Del poemario “Algo que nos salve de todo rubor”

Sobre la gris acera giraban, endiabladas y opacas,
las peonzas.
Sorteando del aire sus crestas de colores,
el parsimonioso desfile de los días innecesarios.
Y ahora alcanzo con mi firme mano su danza,
(que ya es un reducto de fortaleza conquistada)
para luego lanzarla con lujuria sobre el enemigo,
y con su mortal punzón de acero, degollar,
partir en dos la madera y el baile,
la fiebre y la luz.
Un estallido de esquirlas rodando con la muerte,
el llanto del derrotado, su ira vana.

Fui dueño de múltiples peonzas asesinas,
y mutilado a la vez por decenas de enemigos feroces,
desangrado de astillas y aceros inservibles,
ser conquistador y conquistado en un día
o en toda una vida semejante.