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Estoy seguro de que se acordará de mí, sin duda alguna, no puede haberme olvidado. A fin de cuentas estudiamos juntos todo el bachillerato. Yo era su compañero de pupitre en casi todos los cursos, salvo aquellos dos años en que se hizo tan amigo de Miguel Castaño, y su apellido, por capricho del jodido orden alfabético, se coló entre los dos, entre Cabello y Cazorla. Y se hicieron tan amigos sólo porque le gustaba pintorretear como a él, y se pasaban las clases y los recreos juntitos como dos novios, y cuando se acababan las clases, también, charlando y riendo, sin hacerme el menor caso, como si fuera un extraño, y eso que yo le hablaba, intentaba contarle uno de mis chistes, incluso algunas veces dándoles sardinetas, o capones. Pero él me devolvía una mirada de reproche y desprecio, y Miguel que era más alto y más fuerte que los dos, siempre en medio, amenazante.
Sé que no esta bien decir estas cosas, pero en el fondo me alegré cuando Miguel murió. Un accidente lo puede tener cualquiera, es ley de vida, que decía mi padre, y en esta ocasión le había tocado a Miguel. Reconozco que no estuve afortunado. No fui al entierro, cuando todo el instituto, profesores y alumnos, lo acompañaron en aquel último viaje. Pero que iba a hacer, me había robado a mi mejor amigo, me recomía la envidia y el odio hacia aquel señoriíto espigado sabelotodo. Tampoco acudí a la manifestación contra la inseguridad en la avenida, contra aquellos coches que la cruzaban a toda pastilla, sin respetar el paso de cebra. Pero es que a mí me gustaban los coches, y la velocidad, y sortearlos peligrosamente, incluso torearlos con mi abrigo, ¿qué tenía eso de malo?. También había que ser estúpido, cruzar aquella avenida sin mirar. Claro que la culpa de aquello fue de la puta manía de andar juntos a todo. O si no, ¿cómo iba a salir corriendo del instituto, si no era por que su querido amigo del alma no le había esperado?. Y lo llamaba mientras atravesaba el paso de peatones como alma que lleva el diablo. Yo lo escuché, como escuché la bronca bocina, y el largo frenazo, y el golpe seco y mortal. Y vi el cuerpo de Miguel sobre el asfalto, con la cabeza rota, con aquel hilo de sangre que brotaba de su nariz. El alboroto fue grande, la gente se agolpó alrededor del cadáver, por que estoy seguro de que en aquel instante ya era un cadáver, sin duda alguna. Lo busqué con la mirada, y estaba allí, blanco como la sal, impasible, silencioso e inexpresivo, fulminado por una muerte que no era la suya, pero que la hizo suya durante mucho tiempo.
Intenté en vano quitarle de la cabeza esa estúpida idea de culpabilidad. No era su lazarillo, no tenía por qué estar a su lado todo el tiempo. Pero en vano, a pesar de volver a compartir pupitre, logré que cambiara de actitud, que recuperará la alegría.
Fueron dos años duros. No hablaba casi nada, todo el día estudiando o leyendo aquellos libros tan gordos y antiguos. Lo iba a buscar a casa, pero no quería salir. Se encerró en su habitación, no quería verme, y según me dijo su hermana, estaba llenando las paredes de dibujos grotescos, negros y extraños personajes a los que comenzaba a temer que alguna noche cobraran vida para introducirse en su habitación y llevarla con ellos al mismísimo infierno.
Por cierto, ¿qué habrá sido de Laura?. Era buena chica, y creo que más lista que su hermano. A mí me trató siempre bien, con esa mirada tan profunda, parecía atravesarte el pensamiento. Claro que no era de extrañar, sus ojos enormes y negros te dejaban un poco aturdido, por lo menos hasta que te acostumbrabas.
Laura era, escasamente, dieciocho meses más pequeña que su hermano, y creo que durante un tiempo estuve enamorado de ella, y ella de mí. Pero como dos tontos adolescentes sólo hacíamos que mirarnos embobados, con esa sonrisa estúpida que tienen todos los estúpidos niñatos a los quince años. Y a su hermano no le gustaba que perdiera el tiempo hablando con ella, para él era únicamente una mojigata de tres al cuarto, y siempre la tildaba de niña mimosa y consentida. Algo de envidia y celos estaba detrás de todos aquellos comentarios. Pero yo le hacía caso y me iba rápidamente tras sus pasos, corriendo a jugar al fútbol, o al parque a buscar a la pandilla.
Ha pasado mucho tiempo, pero no puede haberme olvidado. Esta larga cola me está matando, llevo aquí de píe más de una hora y no parece avanzar. Oigo a la gente hablar sobre él con admiración, y me pregunto que sabrán ellos, yo si que le conozco. Compartimos momentos increíbles, y luego, cuando la vida nos separó, siempre estuve al tanto de sus andanzas, ya por los amigos y conocidos, o por la propia Laura, a la que veía de vez en cuando. A él no, a él no había forma de localizarlo si no era metido en su estudio, o viajando por ahí como si le fuera la vida en ello. Ya me contó Laura lo huraño y solitario que se había vuelto, aunque no me extrañaba, pues desde lo de Miguel ya no volvió a ser el mismo.
Incluso cuando Laura se casó con aquel maromo universitario que la dejó preñada para siempre, y digo para siempre por que después le hizo cuatro barrigas más, incluso entonces, tampoco pude verlo. No recuerdo con que estúpida excusa faltó a tan sonado evento en el barrio, y eso que sus padres lo celebraron por todo lo alto, ¡como si no supiera todo el mundo lo ocurrido!. Pero su tozudez y su orgullo no le permitían al señor soportar que su hermana fuera el centro de atención de cualquier acontecimiento, al fin y al cabo nunca congenió con ella, a pesar de que Laura lo quería y admiraba profundamente. Nunca entenderé que los hermanos se lleven mal, tal vez por que yo nunca tuve uno, y lo eché de menos, ¡vaya que si lo eché de menos!, Aunque para mí, él era como un hermano, incluso más.
Parece que avanzamos. Pero sigo con ese temor en las entrañas, ese miedo a que no me reconozca. Ya sé que estoy hecho una piltrafa, la vida no me ha tratado bien, o quizás sería mejor decir que yo no he tratado bien a la vida. El caso es que he envejecido muy deprisa, tal vez por que he vivido muy deprisa también. Sin embargo, él ha sabido sacarle todo el jugo, supo que camino tomar y lo emprendió decidido. Durante un tiempo me dio algo de envidia su éxito, pero luego no paraba de jactarme de haber sido amigo suyo, incluso de serlo aún. Llegué a inventarme frecuentes encuentros para recordar viejos tiempos. Pero lo cierto es que nadie me creía, y se reían de mí. ¿Quién iba a creer que un desgraciado como yo fuera amigo de semejante personaje?.
Veo a Laura, el tiempo si ha sido generoso con ella, a pesar de su vida ajetreada y llena de mocosos exigentes. Y aún guarda esa belleza especial. Cuanto me hubiese gustado ser el padre de sus hijos, la hubiese cuidado como a una reina, seguro que mejor que ese petimetre que la acompaña como si llevara un paraguas del brazo. Yo me hubiera sentido orgulloso de ir a su lado, y se me notaría. Sin embargo parece que la sostuviera por caridad, o por necesidad, que uno no sabe que es peor, y de eso, de que te compadezcan o te utilicen, este menda sabe mucho.
Debe ser él, sin duda, tiene su misma mirada violenta, esa cara redonda y marcada por la varicela, lo recuerdo. ¿Qué hará aquí?, Está mucho más viejo de lo que quisiera recordarlo, su atuendo descuidado y sucio, parece un mendigo. Quizás venga a reprochar mi olvido, la desgana y el desprecio que siempre le ofrecí, o tal vez sólo quiera saludarme, darme la mano, incluso quiera abrazarme, con esos brazos largos y rudos, con esas manos de pequeños dedos redondos, y no sabré que decirle.
Me mira, su rostro refleja cansancio y sorpresa a la vez, incluso algo de angustia. He aprendido todos estos años a conocer a la gente por sus caras, por sus miradas o sus gestos, de ello me he aprovechado bien en mis obras, he sido un observador implacable, mi propio silencio era una argucia que utilizaba para el estudio detenido de todo ser viviente que pululase a mi alrededor, y él no fue una excepción. Tampoco puedo saber si llegó a leer “su novela”, no era amigo de lecturas ni de estudios. No sé si llegó a tenerme aprecio, si realmente, cuando no me dejaba ni a sol ni a sombra, era por que buscase mi amistad, o por fastidiar, por meterse entre Miguel y yo, o por buscar nuestra compañía. Miguel estaba celoso de él, siempre despreciándolo, siempre metiéndose con sus escasas luces, con su estirpe de bruto indomable. Más de una vez se quedó con las ganas de golpearlo, pero yo le quitaba esa idea de la cabeza. Recuerdo que cuando el accidente se mostró impávido, como ausente. Por mi cabeza rondaron ideas estúpidas y absurdas, todo aquello me afecto profundamente, y no sabía si su actitud era de dolor o de alegría, si había existido algún atisbo de admiración por Miguel, o le odiaba sin más.
Estoy cansado de firmar, de inventar dedicatorias sobre personas que no conozco, de escribir nombres que olvido o confundo, de escuchar felicitaciones que no me interesan, y sin embargo, mientras veo como poco a poco se acerca hasta la mesa, más ganas tengo de hablarle, de conocer su historia, su verdadera historia, no la que inventé, no la que mi mente creó sobre él. Pero siento miedo a la vez, el temor que su mirada pueda invocarme, o el de sus reproches.
Podría preguntar que fue de su vida, donde escondió esa figura de juguete inocente, por qué no insistió en que nos viéramos, tarde o temprano hubiera cedido, habría compartido con él aquella angustia, aquella amargura que carcomía mis entrañas. Claro que él no tenía por que saber lo nuestro, él no imaginaba que nuestra relación iba más allá de la amistad, como podría haber pensado siquiera nuestra homosexualidad, y como iba a saber él que desde Miguel no he vuelto a amar a ningún hombre, que ni siquiera puedo saber si aquello fue amor o alguna extraña locura, que ahora, abatido, soy incapaz de amar, ni a hombre ni a mujer. Y sin embargo siento esta carga que oprimen mi abdomen, este sudor frío que me provoca su presencia, tal vez porque me trae un aire de ayer que ya era incapaz de recordar, o quizás porque necesite su compañía, la única compañía humana que puedo soportar, que me trae vida, que me perturba.
Yo no traigo libro, todo el mundo lleva su libro en la mano, pero yo no tengo un libro para firmar. No tengo dinero para comprarme una camisa decente, cuanto menos para un libro. Nunca leí un libro suyo, ni siquiera sé que escribe, la envidia y la rabia siempre han sido más fuertes que mi curiosidad. Yo solo leo los periódicos, un poco los deportes, y los sucesos, eso sí que me gusta, pero un libro no, esos enormes volúmenes llenos de hojas repletas de palabras, sin tan siquiera un dibujo o una fotografía, ni siquiera puedo imaginar como es capaz nadie de escribir tantas cosas juntas sin volverse loco.
Viene con las manos vacías, ¿qué pretenderá?, ¿saludarme únicamente?, no lo creo, se acerca con decisión, aunque ahora parece que vacila, y esta mujer no para de hablar, quiere que dedique mi novela a su perro, es estúpido, y sin embargo debo sonreír y hacerlo, el cliente es el que paga, ¿se la leerá a su perro?, A lo mejor está sola, con la única compañía de ese animal aficionado a la literatura.
No puedo seguir, como voy a acercarme sin un libro, que pienso, ¿qué me va a firmar en la palma de mi mano?. Ni tan siquiera sé si me recordará, una persona tan importante no debe tener tiempo para acordarse de los viejos amigos. Debe estar tan ocupado escribiendo todas esas palabras, viajando, firmando, hablando con gente importante, ¿y quien soy yo para que me recuerde?, ¿qué hice de importante en su vida para que ahora, tras largos años se pare a reconocer mi cara y me salude?, ni tan siquiera estoy seguro de que me dirija la palabra.
Ya está aquí, si pudiera hablarle, si pudiera dejar esta estúpida procesión de petimetres y marcharnos juntos a recorrer las calles, a reírnos de sus ocurrencias. Pero ya no me mira, parece querer abandonar la fila, y no lleva libro, sus manos parecen estorbarles, se las mira sorprendido, temeroso. Yo tengo un ejemplar encima de la mesa.
Me ha ofrecido uno de sus libros, ha abierto por la primera página y lo firma, escribe algo que desde aquí no soy capaz de reconocer. Lo miro ahí sentado, absorto en su tarea de escribir mensajes, creo que está cansado y no sé si debo decirle algo, no sé si me ha reconocido, o solamente se compadeció de mí. ¡Levanta la cabeza!, no te avergüences de este pobre diablo, recuerda cuantas veces corrimos juntos, cuantas veces nos reímos juntos. ¡Pero díselo, vamos no seas estúpido, háblale!
Sostengo su mirada como sostenemos el libro, cada uno desde una esquina, no quiero que lea ahora lo que he escrito, no quiero que diga nada, no quiero que rompa este falso escudo de seguridad que me rodea, ¡vete!, pasa ya de largo, he de olvidarte.
No se acordaba de mí, solo de mis ojos, solo de mi ensangrentada pupila gris. Queda ahí en tu mundo de letras y papel, en tu pedestal de niño progre, no pienso sostener más esta carga de palabras vacías, este libro con olor a colegio, no me interesa lo que escribes, ni tan siquiera necesito tu firma ni tu caridad.
Ha comenzado a llover, y sobre el asfalto una mujer recoge un ejemplar de la última novela de Luis Cazorla, un ejemplar que está firmado y dedicado, y no es de extrañar, pues pocos metros más allá el autor ha estado toda la mañana firmando libros. La mujer lee detenidamente las palabras escritas en la primera página. Ahora no tiene dudas, era él, inevitablemente era él, y piensa en su hermano, en su pobre hermano que ha llegado tan arriba, que ha alcanzado sus sueños, pero que no tiene con quien compartirlos. Era él, vuelve a meditar, y ella que hubiera compartido su vida con aquel pequeño salvaje, que hubiera cambiado su posición acomodada y aburrida, rodeada de niños y de falsedad, por un lugar junto a su sombra, ahora estrecha el libro contra su pecho y deja que la lluvia empape sus cabellos y su piel mientras mira a su hermano, rodeado de periodistas y curiosos, tan lejano, tan muerto ya como su propia historia.
