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Poesía | Narrativa

Aprender a escribir.

(11/04/2009)
Un amigo y compañero de trabajo se ha apuntado a un curso de relatos por internet. No está mal, digo yo que los medios, a veces, justifican algunos fines.

Me anda pasando los relatos que envía para ser evaluados por el profesor, y es admirable las ganas que le ha puesto a esto de escribir. Lo admiro y animo de continuo, pues ya es un paso importante decidirse a aprender a escribir, que aunque para eso estaba la escuela, me parece que no supimos aprovecharlo, o no nos enseñaron bien.

Los primeros cuentos que he podido leer llevan, inefablemente, la marca de la obligación. Me explico. El profesor les señala un tema, una frase, un contexto, para que a partir de los mismos dicten un relato. Eso, con no ser malo, conlleva la limitación de tener que atenerte a ellos, y la imaginación debe hacer un doble esfuerzo. Quiero creer que más adelante les dejará contextualizar con sus propias intuiciones y deseos, que sean libres de escribir sobre lo que quieran y cómo quieran, y entonces podrán sacar cada uno sus verdaderas cualidades o defectos.

Por ahora, mi amigo, se está portando como un jabato para no haber escrito nunca (un relato, quiero decir), y que además, haga relativamente poco tiempo que se aficionó a esto de la literatura. Fue culpa mía, que insistí tanto en que leyera algunas propuestas interesantes, que al final se animó, y ahora lo agradece. Pero más se lo agradezco yo, que empiezo a tener alguien con quién hablar de literatura sin tener que oír pamplinas y bravuconadas.

 

Esa extraña posesión de la palabra

(Marzo 2009)
Mi relación con la palabra y la literatura en general es extraña. Cuando era un imberbe adolescente, mantenía una disputa casi sangrienta con la lingüística, y por ende, con la literatura. Mi tozudez para aprender ortografía y gramática rayaban la desesperación. Pero poco a poco, y a base de insistir, le fui cogiendo cierto aprecio y apego a sus normas y cualidades.
Había algo que mantenía a flote la lívida relación entre la escritura y yo; la música, y más concretamente la canción de autor. Y gracias a mi aprecio por las canciones de Serrat, Pablo Guerrero, Aute o Luis Pastor (por señalar los más escuchados entonces), le fui cogiendo el gustillo a eso de decir cosas importantes de una manera musicada y hermosa, aunque lo que se contara fuesen historias tristes o dramáticas, de amor desesperado, de guerras inútiles o de injusticias.
Pero he ahí que por aquellas músicas vinieron estos poetas, como Miguel Hernández, Antonio Machado, Neruda, Octavio Paz, Cesar Vallejo, Blas de Otero, y muchos más... entonces.
De las cintas de casete pasé a los libros de poemas, de estos a los cuentos de Borges, Cortázar o García Márquez (por ejemplo), y más adelante, y para mi sorpresa, a leerme grandes novelas de la literatura hispano americana... pero esa es una historia larga...

Ahora y aquí sigo leyendo (cuando puedo) y escribiendo (cuando me dejan). Y de todo esto cuento aquí lo que el tiempo me va deparando, mis humildes aportaciones a la creación literaria y mis gustos por la palabra, por su extraña posesión...

 

Malos tiempos para la lírica...

(01/03/2009)
Según las estadísticas, y sólo según ellas, en este país se lee bastante más que hace años.
Claro que, a saber qué es lo que se lee, que se vende en las librerías, y hasta qué punto el marketing editorial controla los gustos y las modas.
Ahora está al día la novela histórica, que cómo todo lo que se hace para consumo tiene sus obras buenas y las del montón (que suelen ser las que más).

Sin embargo, no es fácil encontrar calidad en la literatura que se publica en este siglo XXI. Y cuando decimos calidad, así a secas, estamos refiriéndonos, dentro del mundo de la literatura, a una serie de conceptos básicos en los que la palabra escrita debe definirse en su belleza, estructura y contenido. No nos basta con contar algo (eso también lo hacen los libros de texto), sino que hay que saber contarlo, hacer un uso esbelto de la palabra, de la frase, de las descripciones, de los personajes... y darle un ritmo adecuado. Hay que llegar más allá de la simple narración de acontecimientos, y dejar, al menos, la huella de la duda en el lector. No sólo hay que ofrecer una historia, hay que saber contarla y darle ese cariz especial que sólo los grandes escritores son capaces de engendrar.

No obstante, y para ser positivos (al menos en algún grado mínimo), con los tiempos que corren y la caja tonta todo el día encendida, podemos dar gracias que aún el libro siga vigente, se venda y se lea; aunque sea mal, que ya se irá aprendiendo, o eso supongo.

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